La función del olvido de los sonidos primeros por Carlos Quiroga.
Sabemos de la anécdota que liga a Simónides de Ceos al origen de las reglas mnemotécnicas. La horrorosa evocación de la cara de la gente sentada en los lugares del banquete al que asiste el poeta demuestra que un buen orden de los lugares donde se almacenan las imágenes determina una buena memoria. Con ello nace en la antigua Grecia la memoria artificial que le es transmitida a Roma. Cicerón, en De oratore —al hablar de la anécdota—, introduce una breve descripción de la mnemónica de “lugares e imágenes (loci, imágenes)” que empleaban los retóricos romanos. Aristóteles también estaba familiarizado con la memoria artificial. En los Tópicos aconseja dejar para la memoria argumentos sobre cuestiones frecuentes. Es así probable que la palabra tópica derive de la dialéctica. Dice Yates en la obra citada: “Tópicos son las cosas o materias de la dialéctica, que se dieron a conocer como topoi a partir de los lugares en que se las almacenaba.”
Pero del olvido que hemos de tratar aquí no es el de una falla de la memoria sino del olvido como función. El olvido aparentemente radical de sonidos no compatibles con el cuerpo de la primera lengua del niño. Sobre esto pretendemos, con la paciencia del lector, intentar una articulación por cierto especulativa entre lo que se ha podido descubrir en el campo de la fonología y de la lingüística general entre los sonidos y los fonemas, y lo que Lacan ha definido como lalengua.
De hecho, este trabajo no escapa del todo a la desgraciada lógica de la prueba. Intenta resolver las cosas por vía de la práctica. Esto no alcanza de ninguna manera a una resolución teórica. Hacer valer siempre el principio de autoridad por medio de la cita no hace más que realizar el aislamiento. Entonces, si este escrito calla lo que ha prometido tratar en su título, no tiene por qué ser un indicio de confusión del autor. Puede significar también un síntoma de crisis, el aviso de algo que aún no está claro.
En la clase del 1° de febrero de 1967, Roman Jakobson, invitado por Lacan a su seminario, afirmaba lo siguiente: “(…) para captar cualquier lengua, para aprender cualquier lengua, cada niño está preparado, y preparado por cierto modelo innato. Porque ahí el límite entre la naturaleza y la cultura cambia de lugar.
Se ve, se ha pensado que en la comunicación de los animales, está únicamente el fenómeno de los instintos, únicamente los fenómenos de la naturaleza, mientras que en el hombre está únicamente la cuestión de la enseñanza, la cuestión de la cultura.
Ahora bien, se muestra que la cuestión es mucho más complicada; tenemos en los animales un gran papel del aprendizaje, y por otra parte en los niños humanos, tenemos un enorme papel de este modelo innato, de estas predisposiciones, de esta posibilidad de aprender la lengua que existe a cierta edad en el niño, que existe algunos meses después de su nacimiento: la posibilidad de adquirir un código.
Y que por otra parte —eso es un fenómeno más curioso, quizá, y mucho más inesperado— a cierta edad, el niño pierde la capacidad de aprender su primera lengua. Si el niño estaba en una situación artificial, en la que durante los primeros años de su vida, donde no ha conocido un lenguaje humano, puede siempre recuperarlo enteramente, puesto en una situación normal, hasta los siete años más o menos. Después de los siete años ya no será nunca capaz de aprender la primera lengua.”
¿Se cumple en esta afirmación de Jakobson la ley que dicta aquello de que la función hace al órgano? Ahora bien, de ser así ¿tendríamos que admitir un órgano de la lengua?
La observación más sencilla hace pensar que el hablante no posee, en realidad, ningún órgano del habla en el mismo sentido que dispone de órganos de la vista o del oído. Los órganos humanos han sido adaptados sólo secundariamente para la fonación y la comunicación. No obstante, desde un comienzo —antes de comenzar el aprendizaje de un habla— el niño tiene la misma capacidad para aprehender todas las lenguas, aunque este aprendizaje no sea un juego tan fácil como se supone.
“Cualquier sistema fonológico está formado, afirma Bertil Malmberg, a base del aprovechamiento de un número definido y limitado de rasgos distintivos (…) A nuestra afirmación anterior de que la lengua no es algo condicionado por la naturaleza hay que hacer ahora una importante reserva. Los efectos fónicos empleados deben caer dentro de la zona de captabilidad del oído, y las diferencias distintivas han de ser de un tipo tal que nuestro aparato receptor pueda registrarlas sin dificultad (…) la capacidad de producir deliberada y conscientemente distintos tipos de sonidos con los órganos de la voz es mucho menor que la capacidad de identificación auditiva.”
Retengamos la última afirmación de esta cita: la identificación auditiva, y la posibilidad de reproducción de sonidos, son muy superiores a la capacidad de la producción deliberada y consciente de sonidos. ¿Cómo identificar esa restricción de la capacidad consciente de producir sonidos, sin enlazar a ella las restricciones propias de una lengua celosa de todo aquello que no pertenezca a su corpus? Además, ¿cómo podemos hablar de una capacidad deliberada y consciente sin incluir el intercambio entre un yo que habla y otro que al oír también dice yo? Es por eso que resulta incontestable la pregunta: ¿quién habrá sido el primer humano que habló? Nadie podría haber hablado sin otro que lo escuchara.
Ubiquémonos un momento antes de analizar esa realidad discursiva que es el habla humana.
En el prólogo de su libro Ecolalias, las lenguas olvidadas Daniel Heller-Roazen afirma:
“Como bien se sabe, los niños al principio no hablan. En cambio, emiten sonidos que parecen anticipar los sonidos del lenguaje humano y que a la vez se encuentran, en su esencia, en las antípodas. A medida que se aproximan al momento en el que comienzan a formar las primeras palabras reconocibles como tales, tienen a su disposición tal potencial para la articulación que nadie, ni siquiera el más dotado de los adultos políglotos, aspiraría a igualar.
Es precisamente por esta razón que Roman Jakobson se sintió cautivado por el balbuceo de los niños, además de sentirse atraído por cosas tales como el futurismo ruso, la métrica eslava comparada y la fonología estructural, es decir, la ciencia que estudia las formas sonoras del lenguaje. En Lenguaje infantil, afasia y leyes generales de la estructura fónica, que escribió en alemán entre 1939 y 1941 durante su exilio en Noruega y Suecia, Jakobson observó que un niño es capaz de articular en su balbuceo una suma de sonidos que nunca se encuentran reunidos a la vez en una sola lengua, ni siquiera en una familia de lenguas: consonantes con los puntos de articulación variadísimos, palatales, redondeadas, sibilantes, africadas, clics, vocales complejas, diptongos, etc.”
De entrada queremos subrayar el hecho de que en el balbuceo del niño se encuentran una suma de sonidos que no pueden ser reunidos en una sola lengua y no pasa lo mismo con los fonemas. Esta aclaración no es menor a la hora de definir al fonema como una unidad de lenguaje articulado, mientras que el sonido no supone articulación alguna. Esta diferencia cambia por completo los ejes de la investigación en curso. Entonces, los restos sonoros quedarían olvidados y recuperados en las interjecciones onomatopéyicas, luego de la alienación a una lengua y no de fonemas que ya forman parte de esa lengua.
Se afirma que cualquier sistema fonológico está formado a base del aprovechamiento de un número definido y limitado de rasgos distintivos. Así, todos los elementos de expresión mínimos, los fonemas, están configurados por un número finito de esos rasgos. En esta orientación se afirma que el número de fonemas raramente alcanza los cincuenta.
Esta orientación comulga con la definición de fonema del Proyecto del Círculo lingüístico de Praga que lo define como: “una unidad fonológica no susceptible de ser disociada en unidades fonológicas más pequeñas y más simples”.
No obstante, como lo consigna José Luis Prieto: “en sus Principios, Troubetzkoy llama 'fonemas' a las 'unidades fonológicas que, desde el punto de vista de la lengua en cuestión, no son susceptibles de ser analizadas en unidades fonológicas aún más pequeñas y sucesivas.
La noción de 'no sucesividad' de los rasgos que componen un fonema y que figura en la definición de Troubetzkoy hace que 'el fonema sea susceptible de ser disociado en unidades fonológicas más pequeñas y más simples, las que llamamos 'rasgos pertinentes' (…) el carácter 'no sucesivo' de los rasgos que componen un fonema ofrece amplias posibilidades de efectuar la distinción entre un fonema y un grupo de fonemas”.
Los sonidos que usamos al hablar no son lingüísticamente pertinentes en su totalidad. Los rasgos pertinentes son muy pocos y son aquellos gracias a los cuales los sonidos se oponen entre sí. El acento de una lengua, como por ejemplo el acento correntino, no importa tanto como el hecho de que los sonidos se diferencien entre sí. Cuando un correntino dice “carro” lo hará de un modo muy diferente que un porteño. Pero ninguno de ellos entenderá que se está hablando de algo “caro”; la diferencia fónica entre la “r” correntina y la “r” porteña no será una diferencia pertinente. Ahora bien, si un correntino dice “rana” y un japonés intenta imitarlo, dirá “lana”, entonces allí sí habrá una diferencia pertinente entre la “r” y la “l” afectando a la significación. Es decir que el valor diferencial de los sonidos afectarán al sentido en tanto se ponga en juego una diferencia pertinente. Este último ejemplo es crucial para lo que intentamos mostrar, ya que la pérdida de cierta capacidad fónica ilimitada, pérdida que se produce en el tiempo de la alienación a una lengua, es fundamental para su adquisición.
Sigamos con Roazen: “Cabría pensar que, con tal potencial para el habla, la adquisición del lenguaje habría de ser una tarea rápida y sencilla para el niño. Sin embargo, no es así. Entre el balbuceo del niño y sus primeras palabras no solo no hay un pasaje fluido sino que hay pruebas de que se produce una interrupción muy marcada, algo parecido a un momento decisivo en el que las capacidades fonéticas hasta entonces ilimitadas parecen tambalear. Este llamado 'período de silencio' no solamente es para el habla sino que compete a todas las funciones. El propio Jakobson afirmaba que los observadores comprueban, con gran sorpresa, que el niño pierde prácticamente todas sus facultades de emitir sonidos cuando pasa de la etapa prelingüística a la adquisición de sus primeras palabras, primera etapa lingüística propiamente dicha.”
Aquí nosotros podemos hacer una precisión. No hablaríamos de una etapa pre-lingüística, sino más bien de una etapa pre-discursiva a la entrada en el discurso, desechando así cualquier afirmación que suponga una etapa pre-verbal. Digamos un tiempo en el que los pronombres yo y tú, al decir de Maurice Blanchot, no han comenzado aún la masacre.
El niño adquiere los pronombres al comienzo de hacerse usuario de las palabras. Allí peleará con el otro al grito de “yo soy yo” y “tú eres tú”. Sabemos que en francés la muerte se desliza debajo del pronombre de la segunda persona. Momento crucial de la lucha hegeliana que el niño mantiene con su imagen en el espejo, imagen que tiraniza con una unidad y coherencia que hunde al niño en la fragmentación de la satisfacción anárquica de las pulsiones.
Tal es la rivalidad con ese yo ideal producto del sueño materno que muchos niños se niegan a designarse con su nombre porque ellos son “yo”.
Si en el comienzo es el verbo es porque el verbo implica ya la dimensión de la demanda del Otro, que Lacan homologa a la pulsión. Es así entonces que el circuito percepción-conciencia se encuentra interrumpido por la pulsión. El otro es indisociable de este circuito incluso para las investigaciones de las llamadas neurociencias, que le otorgan al estímulo externo una participación crucial para el funcionamiento de los órganos.
En efecto, la llamada teoría del desgaste neuronal afirma la necesidad de la pérdida de una considerable cantidad de neuronas para hacer posible el buen orden de las funciones. En esta orientación el estímulo externo es fundamental para la puesta en marcha de algunas de estas funciones. Por ejemplo, en el caso de niños que nacen con cataratas congénitas, urge la operación para evitar que este pierda la función de ver. En este caso la función hace al órgano y parece justificar el olvido, en el caso del habla, de algunos sonidos que no se corresponden con el cuerpo sonoro de la lengua nativa. También corroboran la afirmación de Jakobson, que recordábamos más arriba, de que un niño en una situación artificial durante mucho tiempo podría olvidar su lengua primera.
Ahora bien, podría conjeturarse que cuando la cría humana se aliena a la lengua que habla su entorno, pierde a la manera del desgaste ciertos sonidos necesarios para articular algunas consonantes y vocales propias de otras lenguas. Esta pérdida parece lógica ya que al no tener que usar ciertas consonantes o vocales no contenidas en la lengua que está adquiriendo aquellos sonidos se pierden.
No obstante, afirma Roazen que cuando se comienza a aprehender una lengua no se pierde sólo la capacidad de producir sonidos que exceden ese sistema fonético dado. “Lo que resulta aún más sorprendente (auffallend), acotó Jakobson, es que otros muchos sonidos comunes a su balbuceo y a la lengua adulta ahora desaparezcan del acervo del niño; es en este preciso momento cuando puede decirse que se ha iniciado verdaderamente el proceso de adquisición de una lengua. A lo largo de varios años, el niño comenzará, poco a poco, a dominar los fonemas que definen la estructura sonora de lo que habrá de constituir su lengua madre”. Dicho así es evidente que es necesaria una pérdida casi del todo de lo que se tenía para poder contar con algo.
Un olvido que evoca aquel cruce de los muertos del río Leteo, uno de los ríos del Hades. Beber de sus aguas producía un olvido completo de las vidas pasadas, este olvido completo permitiría, según algunos griegos antiguos, reencarnarse a las almas. Al final de la República se cuenta que los muertos llegan a la “llanura del Leteo”. Dante, Shakespeare y Borges, entre otros, no se olvidan de citarlo.
Florencia Abadi, con el bien decir de la poesía, nos dice: “Me contaste que los muertos hablan todos los idiomas. Dijiste algo en ruso, en portugués, sin querer, como confundida. Solo hablar no leer ni escribir, todas las lenguas con la lengua.”
La poetisa dice mejor que nadie esa libertad cuando la norma de la lengua que habitamos no funciona. Mucho más son las restricciones en el leer y escribir, ya que la escritura no es espejo del habla. La dimensión en la escritura no solo es temporal sino también espacial, es decir, de orientación. En la escritura, además de lo temporal, se comprometen categorías como “arriba y abajo”, “derecha e izquierda”, etc. Una estructura no orientada, es decir, sin corte.
Freud consideró al niño en el estado pre-discursivo como un objeto sin orientación sumergido en la angustia primordial que llamó angustia de indefensión. Esta angustia del estado de sin recursos se define en psicoanálisis como: sin recursos ante el deseo del Otro. La metáfora del Hades platónico nos sirve aquí para nuestros propósitos. Un paso de la muerte, de la nada —ser el falo que la madre no tiene— a la vida reencarnada en el cuerpo de dimensión imaginaria y simbólica, es una buena metáfora del rechazo que el niño debe hacer de su significación fálica del cuerpo. Este rechazo evoca aquel que Freud intuyó claramente cuando hablando sobre la negación estableció la función de la Ausstossung como anterior y necesaria a la simbolización primera. No hay Bejahung (afirmación) sin Ausstossung.
Ahora bien, debemos recordar que dos son los ríos involucrados en el mito, Leteo y Mnemosine. Este último permitía recordar todo lo que el Leteo había borrado de la memoria. Entre los iniciados circulaba la idea de eludir la eficacia del Leteo. Beber de las aguas amargas del Mnemosine hacía que los muertos que reencarnaban llevaran un recuerdo difuso de sus otras vidas. El olvido completo no resulta tan completo, algo lo resiste, algo difuso.
Suspendamos lo que se deriva de estas afirmaciones y volvamos al eje propuesto por Roazen.
El dominio de los fonemas en cuestión —ahora sí fonemas— se realizará, afirma Jakobson, en un orden estructural y estratificado. Ahora bien, el niño en forma natural, digamos, tiene a disposición todos los sonidos cuando ocurre la alienación a la lengua de su madre. Es entonces que se produce el olvido completo de todos los sonidos. Pero ese olvido no es tan completo, podemos distinguir así según la función que tenga la producción de sonidos. Es que existe una zona del habla en la que aquellos sonidos reaparecen con regularidad. A esta zona la delimitan aquellas expresiones que se denominan onomatopeyas.
Cuando el niño está en pleno proceso de aprendizaje de su lengua primera buscará imitar sonidos inhumanos; animales, máquinas, etc.
En esa mímesis usará sonidos que parecerían imposibles de pronunciar y que alguna vez emitió sin dificultad. Jakobson no dudó en darle a este fenómeno un carácter universal en la adquisición del lenguaje.
Los niños practican la imitación de ruidos de máquinas o animales aún cuando no han adquirido o dominado ciertos fonemas que necesitan de esos sonidos. Por ejemplo, afirma Jakobson: “Se ha observado que niños que aún no habían dominado los fonemas velares imitaban la caída de una persiana con un gi, el graznido de un cuervo con kra-kra”.
Es decir, que el niño no domina aún los fonemas que surgen del fondo de la garganta y aún así a la hora de imitar pueden producir sonidos que se emiten desde allí. Además de hacernos pensar que la lengua no evoluciona en un periodo unitario y lineal, nos deja la siguiente incógnita: ¿por qué el niño puede reproducir sonidos libremente cuando estos no sólo son inhumanos, sino y fundamentalmente, cuando no son deliberados, y no puede hacerlo cuando se trata de una instancia articulada como el fonema en la producción de sonidos deliberados y conscientes?
Pareciera que la capacidad de reproducción de sonidos se diferencia en la medida de que esté en juego o no la función del otro. Aquél a quien nos dirigimos, es decir, aquél por el que nos implicamos como sujetos. Ya que si hay otro a quien le hablamos como “yo”, ese otro que escucha, que en principio es tú, también es “yo”. La tensión agresiva en el comienzo del habla es tan inevitable como la agresividad que Lacan pudo enseñar en la fase del espejo.
Quizás el ejemplo de aquél que sufre de lo que se llama la tartamudez nos oriente hacia lo que queremos indicar. El llamado tartamudo no tiene dificultad de articulación alguna en su diálogo con el gran Otro. En soledad él podrá cantar en la ducha, gritar y comentar a voz en cuello lo que sucede en un partido de fútbol, pero tardará mucho tiempo en saludar al portero de su edificio al irse. Un hombre que frecuentemente tartamudeaba con su jefe no lo hacía cuando seducía a una mujer. Un día en el tren un compañero le gritó mientras él se chamuyaba a una chica, “¿pero vos no eras tartamudo?”, a lo que él contestó, “so so so solo con vos est estu estúpido.”
Una cantante de ópera se extrañaba de que no podía reproducir bien la fonética de aquellas palabras en alemán en la que cantaba sus óperas si conocía el sentido de ellas, y sobre todo si las usaba con cotidianidad en sus viajes. Ella podía aprehender a cantar por fonética perfectamente en tanto no supiera el uso de las palabras.
Una joven relata que en algunas circunstancias tomada por el terror mientras se bañaba tuvo que llamar a su madre para que fuera al baño. Ocurría que bajo el sonido de la lluvia se producían algunos ecos que simulaban palabras que la aterraban.
Por último, una mujer que conoce perfectamente el francés siendo ella de habla hispana podía decir cierta palabra que la implicaba por cierto, si y sólo si la decía en su lengua extranjera.
Por implicación o des-implicación pareciera que la castración, mediatizada indiscutiblemente por el otro, tiene su participación en la resolución del enigma planteado.
Toda la Retórica de Aristóteles depende de esa diferencia, sobre todo cuando exige que para poder intentar modificar por medio de la palabra al otro es necesario cierto cálculo del goce con el que ese otro nos escucha. Si soy un recién llegado no puedo esperar otra cosa que ser escuchado con indignación. Así, las pasiones intervienen en el intercambio resignando a un segundo plano la argumentación.
Ahora bien, volviendo a los sonidos que los niños utilizan en las onomatopeyas. Esos sonidos ¿representan los últimos vestigios de un balbuceo de otro modo olvidado, o son en cambio las primeras señales de una lengua por llegar? Se pregunta Roazen en el texto citado.
Trubetzkoy afirmaba: “además del sistema fonológico normal, muchas lenguas presentan diversos elementos fonológicos que desempeñan funciones muy especiales.”
Cuando se intentan imitar, los sonidos extranjeros adquieren una forma nueva y singular que ya no pertenecen a la lengua original de la palabra imitada ni a la lengua en la que habita el imitador. A esta categoría de elementos distintivos anómalos pertenecen las interjecciones onomatopéyicas, escribió Tubertzkoy. Actos de habla que, si bien no carecen del todo de significación, no afirman ni niegan nada. No tienen función de expresar algo de otra cosa. Solo la fuerza de articulación. Aristóteles ya excluía las exclamaciones del campo de la lógica, así que esta particularidad de la interjecciones no parece ninguna novedad. La novedad de Trubetzkoy es el carácter excepcional de las exclamaciones, ya que están mucho más allá de los límites que definen el cuerpo sonoro de la lengua de quien la realiza y de cualquier lengua en particular. “(…) los sonidos chasqueantes empleados para excitar a los caballos, la r labial que sirve para detener a los caballos o la interjección de estremecimiento ¡brrr!” No es difícil ampliar la lista, aún cuando nos limitáramos a los sonidos exorbitantes y excesivos de una lengua en particular. Los sonidos exorbitantes y excesivos hacen inválido el sistema fonológico habitual donde la lengua traspasa una frontera que la define, y penetra por una región de sonidos que pertenecen a la lengua de nadie, dirá Roazen, pero que en verdad puede tomarse como una lengua que pertenece a la singularidad de un sujeto que la habita. Los elementos anómalos pertenecen y no pertenecen a una lengua. Elementos dentro de cada lengua que pertenecen y no pertenecen al conjunto de los sonidos. “Son los miembros nunca bien acogidos pero a la vez inalienables de todo sistema fonológico de los que ninguna lengua puede prescindir y que a la vez nadie puede reclamar como propios.”
Es cierto que una lengua en la que uno no pueda gritar no se podría llamar una lengua humana. Lo inhumano de la onomatopeya es la excepción que funda la regla. ¿Esta condición de la lengua reedita el mito atemporal de Tótem y tabú, en el que Freud no duda en ubicar al mono macho gozador de todas las mujeres en el lugar de la excepción? Entonces la lengua no es ella misma más que en el momento en que parece abandonar el terreno de sus sonidos y sentidos para adoptar la forma sonora de lo que una lengua no tiene —o no puede tener— para sí: sonidos animales, naturales o mecánicos, es entonces cuando una lengua —que gesticula más allá de sí misma en un habla que no es ninguna en particular— se abre a un no lenguaje que la antecede y que la sigue.
De allí que lo que podríamos llamar el olvido de los sonidos primeros tiene una función en su retorno, la función de retorno de lo vivido en el mapa cadavérico de la lengua. Ese cosquilleo de los sonidos en el interior de la lengua con elementos anómalos que le pertenecen y no le pertenecen al mismo tiempo, la vuelve un órgano vivo que muta a lo largo del tiempo.
En este sentido lo que exorbita a una lengua como los restos de un balbuceo olvidado, puede tomar el lugar de causa de un decir por venir que rompa el dicho, que por dicho primero, legisla y aforiza, otorgándole al Otro su oscura autoridad.
Esta lectura pretende seguir la brecha que abrimos en otro tiempo cuando afirmábamos acerca de lalengua o lalangue, escrito todo junto tal como Lacan la ha definido a partir de El saber del psicoanalista en adelante:
“Como afirma Jean-Claude Milner en El amor por (o de) la lengua, si al decir la lengua evocamos la serie lengua, habla, lenguaje; lalengua será ese término que siéndole exorbitante a la serie, la funda. Lalengua, ese término exorbitante a la serie lengua, habla, lenguaje es la conjunción de la lengua y el inconsciente. Es decir que la serie lengua, habla, lenguaje sin la hipótesis del inconsciente no podría encontrar la excepción que sustrayéndose a la serie, la funda. El lenguaje como elucubración de saber sobre lalengua se precipita en la pregunta por la existencia de la lengua y de allí a la pregunta por el origen. En la lengua, no se trata de la existencia sino de la modalidad. Podríamos preguntarnos: ¿cómo es la lengua? ¿Cómo se dice? Y no, ¿de dónde viene?
La lengua se hace entonces el soporte (como realidad) de lalengua; ya que lalengua es el no-todo del modo como se debe decir en la lengua.”
Vamos a concluir de la mejor manera, es decir, con la voz del poeta. En este caso, Charly García, que como todo poeta dirá con mucha mayor belleza y precisión lo que hemos querido decir en este trabajo.
La chica que se robó al mundo, por Charly García.
“Corría el año mil novecientos sesenta y tantos, cuando el disparo de la escopeta del Coronel Díaz destruyó la bocina parlante que interrumpía su sagrada siesta.
Nuestra heroína, conocida en Paso del Rey como 'Say', tuvo que conectar la radio al viejo combinado ortofónico para captar la señal de la pared de sonido. La única emisora que daba noticias de los platillos voladores.
Ella, tenía la manía de robar globos terráqueos de escuelas, instituciones y bibliotecas.
Se aferraba al mundo con vehemencia, sintiendo que en parte, ya se lo habían sacado un poco, y no quería perderlo todo.
Una noche de lluvia el tren plateado en donde Say viajaba todos los días en busca de conocimientos imposibles se detuvo misteriosamente, así como los relojes, los automóviles, y todo aquello que estaba a la vista de los azorados pasajeros. Sólo su radio a transistores siguió funcionando. Repetía continuamente 'Clatú', 'Bracta', 'Nicto', 'Clatú', 'Bracta', 'Nicto'.
Dicen que ese mismo día algunos seres espaciales embarazaron a las más bonitas señoras de Paso del Rey. Si alguien te saluda con un 'Clatú', 'Bracta', 'Nicto', o levantando la mano derecha con un brazalete 'Say No More', no dudes en considerarlo un amigo y aliado. Sus poderes telepáticos y telequinéticos son capaces de paralizar la Tierra.”
Las lenguas olvidadas son infinitas, no son de nadie más que de la singularidad de cada uno. No hay nada que pueda contenerlas a todas porque cada una es no toda. El universal y el particular deben dar paso a lo singular del uno por uno. Cada cual podrá, si se anima, firmar el poema que por estructura será siempre fragmento de poema.

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