Lengua, fundación y colonia por Guillermo Fernández.
Por una recomendación inteligente de Santiago Ragonesi, me sumergí en Historia de las ideas en la Argentina del profesor Oscar Terán (Ed. Siglo XXI, 2008). Leyendo su análisis sobre el ideario de Mariano Moreno y de las ideas de Patria, Nación e Indepencia, me hizo recordar a las cuestiones políticas de la lengua: aquello que parece que según nuestro destino americano estamos obligados a reconocer por siempre. Sobre la “lengua” se acomoda la escritura como un hecho maldito del que nos desprendemos para ser autóctonos. Ese quizá es nuestro horizonte, tal como lo escribiera Andrés Rivera en La revolución es un sueño eterno. Su personaje, Juan José Castelli, advierte: el destino es una casualidad que se organiza. La pregunta es por qué casualidad. Terán indaga sobre la necesidad de pertenecer en el siglo XIX a la corona. Una legitimidad casual y válida para Castelli, Rivera y que argumenta en su discurso de especialista Terán. La revolución nunca se aleja de la lengua, hasta parece que poseen la misma matriz. Jorge Luis Borges en su poema "Fundación mítica de Buenos Aires" (Fervor de Buenos Aires, 1927) hace culto a la lengua. Menciona en su segundo verso la palabra “sueñera”. Esa quimera borgeana también es una “casualidad”, algo que de a poco se asienta en el territorio y se aferra a él para bucear en el origen y el delirio. Siempre nos topamos con la palabra como sonido que intentamos recuperar como una “colonia” beligerante que nunca dejamos de ser y a la que siempre retornamos. Un léxico de la revuelta.
Algunos ejes para discutir sobre el hecho de leer en lengua castellana
Leer es una operación cognitiva en la que un sujeto encara un texto y busca, según sus propias competencias, establecer conexiones. Precisamente estos “puntos de contacto” entre lector, discurso y texto se asemejan al hecho de apoderarse de un vocabulario y de acercarlo al universo de palabras posible que otorga la “competencia” en la propia lengua. Es decir, una “traducción”.
Aspectos importantes
Inteligibilidad versus ininteligibilidad de la lengua
La lengua se “corporiza en un discurso” a partir de una matriz que le exige la morfosintaxis. La vista que recorre un texto busca sujetos, complementos y atributos: busca un orden para no perderse en las palabras de su propia lengua. Un párrafo, además de contenido, es forma enunciativa. Las “marcas” tienen que visibilizarse (o ser inteligibles) para acordar con un canon de lectura.
Sin embargo, hay autores que se han preocupado por subvertir esa disposición con el objetivo de comprometer el sujeto lector, y enredarlo en los enunciados.
Un ejemplo, entre varios, consiste en encarar la lectura del Facundo (1845) de Sarmiento, quien dueño de una prosa excepcional se empeñó que su obra se lea como una “pesquisa”: buscando los sujetos que correspondían a determinados verbos y que obligaban a un “plus” de lectura.
También, otros autores han hecho lo suyo.
Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres (1948) no deja de traducir la Odisea de Homero. Siempre la lectura de Marechal convive con los clásicos: no solo en el tema sino también en un orden sintáctico bien propio de la literatura grecolatina.
Ese “plus” marca una tendencia hacia la ininteligibilidad. Son dos textos que se superponen y se leen en simultáneo, tal como hace la traducción con el léxico.
Borges: dueño de la precisión sintáctica
En Borges nada abunda. No exceso. Esta conjetura apunta al contenido y también a la justeza sintáctica y a una coordinación enunciativa frente a la subordinación. Nada en su prosa y en su poética se superpone o se encastra. No prefiere oraciones largas (ininteligibilidad) sino concisas. Los adjetivos son certeros: corresponden simétricamente con el núcleo del sintagma.
Borges juega con el lector: ese es su aspecto lúdico. Lo engaña con un falso supuesto, lo toma por desprevenido, para vencerlo en la oración final.
En este ejercicio, hay una tarea previa. Nada de lo arbitrario pertenece a Borges. Otra pesquisa propia del policial.

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